El casamiento, antes y ahora.

Por AGUSTINA ARTOLA.

https://encrypted-tbn3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQ1B5tB1vJ6jy3k9nplo4EaH5pF2R7fyS8oFU29yCuPmywlz9bcSeguramente todas de niñas cuando nos decían la palabra ‘casamiento’ imaginábamos entrar a la iglesia del brazo de nuestro padre, con un gran vestido blanco como el de una princesa y al fondo ver a nuestro “príncipe” esperando. Sin embargo a medida de que fuimos creciendo, se fueron derribando esos ideales de casamiento perfecto y caímos en la cuenta que la vida real muy pocas veces es como la de los cuentos de hadas.

Hace mucho tiempo atrás el rito del casamientohttps://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTlz7vGNGm4xUsDommYBxtW5Lk34hWMqqyH3DMy7-fXq6JjroTE era muy respetado en la sociedad, incluso en la época de las monarquías nadie se casaba por amor, sino que lo hacían por obligación. Todo tenía un significado, desde la novia que debía llegar virgen al casamiento, hasta el color de vestido que esta se pusiera. Si era blanco significaba pureza, si era rojo la novia era impura y el negro solo lo utilizaban las viudas.

Actualmente la tradición de la ceremonia de casamiento pocas parejas la conservan, vemos que ya casi ninguna se casa ante un sacerdote en una iglesia, sino más bien se realiza una fiesta sencilla en la que los novios siguen siendo siempre protagonistas pero que también lo son los invitados. El color de vestido queda a elección de cada novia y ya no se conserva la tradición de llegar virgen al matrimonio.

https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcS9jqIRaeo_nf8RbMjFkeNEqng78vlQtPyZGOb-_8GX7N4Ib2zr2AAdemás de los rituales y la tradición, hay parejas que llevan años de convivencia y aún no han decidido casarse, incluso hasta han tenido hijos, cuestión que en la época de antes no podía hacerse hasta luego de contraer matrimonio. Todo ha dejado de ser protocolar, hay quienes siguen jurando y confirmando su amor frente a dios, hay quienes solo lo hacen frente a un juez por civil y quienes simplemente lo confirman todos los días viviendo y estando juntos en las buenas y en las malas.

Se trata de confiar en que el otro es el amor de nuestras vidas y que realmente es lo que ansiamos para siempre, una elección que se hace con el corazón y que no necesariamente debe ser avalada ante un dios o un juez, sino mediante nosotros mismos.

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